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Sobre este libro
No sé en qué momento exacto pasó. No fue cuando me lo dijeron. No fue cuando lo vi por última vez. Fue después. Mi padre siempre había estado ahí. En los coches que marcaron nuestra vida. En los viajes. En las bromas. En las pequeñas historias familiares que solo cobran importancia cuando empiezas a temer que algún día serán recuerdos. Era el hombre capaz de intentar arreglar un Rasputín roto en Nochebuena solo para que su hija dejara de llorar. El que me enseñó a conducir. El que seguía apareciendo cuando yo ya era adulta y la vida se empeñaba en demostrarme que todavía necesitaba a mi padre. Hasta que un día fui yo quien tuvo que estar ahí. Durante 54 días, nuestra vida quedó suspendida entre hospitales, llamadas, diagnósticos, pequeñas victorias y golpes para los que nadie está preparado. Aprendí a esperar una llamada y a temerla. A celebrar una mínima mejoría como si fuera un milagro. A descubrir cuánto puede cambiar una familia cuando la persona que siempre pareció indestructible deja de serlo. Y mientras luchábamos por conservarlo, algo dentro de mí también estaba cambiando. El día que dejé de ser niña no es un manual sobre el duelo ni una historia escrita desde la distancia. Es el relato íntimo y real de una hija, de su padre y de esos días en los que amar a alguien significa también enfrentarse al miedo de perderlo. Una historia sobre la familia, la esperanza, el amor y todo aquello que permanece cuando la vida obliga a seguir adelante. Porque hay pérdidas que no solo dejan una ausencia. También dividen nuestra vida en dos: quienes éramos antes y quienes aprendemos a ser después.